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Mr. Hyde, el Rock and Roll nunca muere en Guadalajara
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Mr. Hyde, el Rock and Roll nunca muere en Guadalajara

Cinco músicos, unas cuantas décadas de canciones inolvidables y una verbena sin pasodobles: Mr. Hyde libera el lado más canalla del rock el sábado 19 de septiembre en el Parque de Adoratrices de Guadalajara.

Por Lord Charles Albert
jueves 10 de septiembre de 2026, 11:49h

El doctor Jekyll era un hombre respetable. Educado, previsible, correcto. Uno de esos tipos que probablemente jamás subiría demasiado el volumen de la música para no molestar a los vecinos. Mr. Hyde, en cambio, representaba todo aquello que Jekyll mantenía escondido: el exceso, la irreverencia, la transgresión y ese lado oscuro que, aunque nos cueste reconocerlo, suele resultar bastante más divertido.

Robert Louis Stevenson lo convirtió en literatura a finales del siglo XIX. El rock and roll lleva décadas haciendo algo parecido sobre los escenarios: sacar a pasear a nuestro particular Mr. Hyde.

Porque el rock nunca fue demasiado amigo de las buenas maneras. Nació para subir el volumen, despeinar conciencias, romper alguna que otra convención y recordarnos que, de vez en cuando, también resulta saludable dejar al doctor Jekyll en casa.

Y eso es precisamente lo que propone Mr. Hyde cuando se sube a un escenario.

Esta vez la transformación tendrá lugar el sábado 19 de septiembre, a las 13:00 horas, en el Parque de Adoratrices de Guadalajara, junto al Kiosco Morcillas de Molina. Una hora quizá poco habitual para liberar monstruos, pero perfectamente adecuada para demostrar que Mr. Hyde tampoco necesita esperar a que caiga la noche. Esta vez la pócima se sirve al mediodía y lleva guitarras eléctricas, bajo, batería y unas cuantas décadas de rock and roll.

Mr. Hyde no viene a presentar un nuevo disco. Ni siquiera tiene canciones propias. Y quizá ahí resida precisamente parte de la gracia. Su materia prima son las canciones que forman parte de la memoria musical de varias generaciones. Temas que hemos escuchado en discos, casetes, bares, coches, fiestas y conciertos; canciones que creíamos medio olvidadas hasta que alguien toca los primeros acordes y descubrimos que siguen exactamente donde las dejamos.

El viaje musical va desde los años ochenta hasta nuestros días, aunque el retrovisor permite regresar algo más atrás cuando la ocasión lo merece. Por el escenario desfilan Rolling Stones, Beatles, Pretenders, The Cars, Radio Futura, Los Ronaldos o Billy Joel, entre otros. Distintos estilos, épocas y procedencias unidos por un denominador común: canciones que han sobrevivido al paso del tiempo.

Y tocar versiones tiene también su riesgo. Cuando el público conoce una canción, sabe cómo empieza, espera determinado riff y aguarda ese estribillo que lleva años instalado en su memoria. No hay demasiado lugar para esconderse. Una versión tiene que respetar el recuerdo y, al mismo tiempo, sonar viva. Porque para escuchar una reproducción exacta ya tenemos el original.

Ahí entra Mr. Hyde.

Una verbena… pero de rock and roll

Quizá la mejor manera de explicar lo que hacen sea definirlo como una verbena rockera.

Hay escenario. Hay canciones conocidas. Hay ganas de fiesta. Hay un público dispuesto a cantar aquello que reconoce desde los primeros compases. Lo único que falta son los pasodobles.

Aquí nadie parece dispuesto a preguntar aquello de «¿se puede bailar agarrado?». Las guitarras eléctricas han ocupado el lugar de los metales, los amplificadores sustituyen cualquier tentación orquestal y, si alguien estaba esperando Paquito el Chocolatero, probablemente se ha equivocado de parque.

Porque esta verbena tiene otros santos patronos.

Tiene algo de los Stones, algo de la electricidad de The Cars y Pretenders y bastante de aquella España en la que Radio Futura y Los Ronaldos demostraron que el rock también podía hablar nuestro idioma sin pedir permiso a nadie.

Y para poner en marcha semejante artefacto hacen falta cinco cómplices: Yolanda, Willy, Tuto, Luis y Ángel.

Cinco músicos y cinco maneras diferentes de alimentar a Hyde.

Yolanda, la voz, ocupa el centro de ese pequeño vendaval. Su voz consigue trasladarnos desde los matices de una canción hasta los tonos más salvajes del rock cuando llega el momento de soltar amarras. No se limita a cantar las canciones: las empuja hacia el público, buscando esa complicidad imprescindible que convierte un tema conocido en algo que vuelve a suceder por primera vez. Porque un buen estribillo deja de pertenecer al cantante en cuanto quienes están delante empiezan a cantarlo.

Willy, a la guitarra, pertenece a esa estirpe de músicos para los que seis cuerdas son suficientes para mantener una conversación. Riffs, acordes y punteos construyen buena parte del músculo de Mr. Hyde. En el rock se pueden discutir muchas cosas, pero existe una ley no escrita difícil de derogar: tarde o temprano, la guitarra tiene que rugir.

A su lado, Tuto completa el frente eléctrico. Si una guitarra abre el camino, la otra lo ensancha. Entre ambas levantan esa pared de sonido sobre la que descansan unas canciones que todos hemos escuchado alguna vez, pero que en directo recuperan la aspereza, la imperfección y la energía que ningún algoritmo de reproducción puede proporcionar. Dos guitarras son también dos maneras de entender un mismo riff y, cuando ambas se encuentran, Hyde empieza a sentirse como en casa.

Luis, al bajo, trabaja en ese territorio que muchas veces pasa inadvertido hasta que desaparece. Entonces todo se viene abajo. Es el encargado de sostener el pulso desde las profundidades, de coser las guitarras a la batería y de proporcionar a las canciones ese latido grave que quizá no siempre se escucha conscientemente, pero que inevitablemente se siente. El bajo no suele pedir permiso para entrar: sencillamente está ahí, sujetándolo todo.

Y detrás aparece Ángel, el batería. Los palillos revolotean alrededor de platos y tambores casi como si unas mariposas hubieran decidido convertirse al rock and roll. La imagen puede parecer delicada; el resultado no lo es. Cada golpe deja la impronta implacable del rock más genuino: preciso cuando debe serlo, contundente cuando llega el momento y siempre recordándonos que una banda puede sobrevivir a muchas cosas, pero jamás a una batería sin alma.

Los cinco forman Mr. Hyde.

Y posiblemente el nombre les venga mejor de lo que ellos mismos imaginaron.

Todos llevamos un Hyde dentro

Porque durante un concierto sucede una pequeña transformación que Stevenson imaginó de una manera bastante más siniestra.

Aquí no hacen falta laboratorios, probetas ni extraños brebajes. Basta un amplificador y el primer acorde.

El respetable doctor Jekyll llega al concierto dispuesto simplemente a escuchar. Al principio mantiene las formas. Después empieza a mover discretamente un pie. Un par de canciones más tarde aparece el movimiento de cabeza. Luego reconoce un estribillo. Lo canta por lo bajo. Después bastante más alto. Y cuando quiere darse cuenta, Jekyll ya se ha marchado y Hyde se ha quedado con la fiesta.

Ese es también el secreto de una buena banda de versiones.

No consiste simplemente en reproducir canciones ajenas. Consiste en devolverlas al lugar para el que muchas de ellas fueron concebidas: un escenario, unos músicos tocando y un público delante. Consiste en conseguir que algo que pertenece al recuerdo individual vuelva a convertirse, durante tres o cuatro minutos, en una experiencia colectiva.

Alguien reconocerá una canción de los Rolling Stones y recordará dónde la escuchó por primera vez. Otro descubrirá que todavía sabe de memoria un estribillo de Radio Futura. Habrá quien regrese por unos minutos a los ochenta o los noventa y quien escuche algunas de esas canciones sin tener edad suficiente para sentir nostalgia por ellas.

Y ahí está otra de las virtudes del rock: no exige certificado de nacimiento.

Puede llamarse nostalgia, pero sería quedarse corto. La nostalgia mira hacia atrás. El rock, cuando vuelve a sonar sobre un escenario, sucede siempre en presente.

Los Stones continúan provocando que alguien levante la cabeza al reconocer un riff. Los Beatles llevan décadas negándose a desaparecer. Radio Futura y Los Ronaldos consiguen que varias generaciones compartan canciones que pertenecieron inicialmente a una sola. Y temas nacidos mucho antes de las plataformas digitales encuentran una segunda, tercera o enésima vida cada vez que alguien enchufa una guitarra y decide volver a tocarlos.

Mr. Hyde juega precisamente con eso: con la memoria, con las canciones y con el placer elemental de la música en directo.

Sin demasiadas explicaciones.

Sin pretender reinventar la historia del rock.

Y, sobre todo, sin pasodobles.

El viejo monstruo sigue vivo

Se ha certificado tantas veces la muerte del rock and roll que, a estas alturas, debería tener un panteón propio.

Cada cierto tiempo aparece alguien dispuesto a firmar su acta de defunción. Llegan nuevos estilos, cambian las modas, desaparecen salas, las formas de escuchar música se transforman y las guitarras parecen condenadas definitivamente al museo.

Y entonces sucede lo de siempre.

Alguien conecta un amplificador.

Otro comprueba el bajo.

Desde el fondo del escenario suenan cuatro golpes de baqueta.

Y todo vuelve a empezar.

Quizá el rock sobreviva precisamente porque nunca necesitó pedir permiso para existir. Porque puede llenar un estadio, esconderse en un pequeño local o aparecer un sábado a la una de la tarde en un parque de Guadalajara. Mientras haya alguien dispuesto a tocarlo y otro dispuesto a escucharlo, resultará complicado enterrarlo definitivamente.

El sábado 19 de septiembre, el laboratorio estará instalado en el Parque de Adoratrices. A las 13:00 horas, Mr. Hyde volverá a preparar la fórmula junto al Kiosco Morcillas de Molina.

Los ingredientes son sencillos: cinco músicos, dos guitarras, un bajo, una batería, una voz y varias décadas de canciones.

Los efectos secundarios también son conocidos: movimiento involuntario de pies, tendencia a cantar estribillos que uno creía olvidados, incremento repentino de la nostalgia y una preocupante propensión a subir el volumen.

Nada especialmente grave.

Al fin y al cabo, todos llevamos dentro algo del respetable doctor Jekyll.

Pero, reconozcámoslo, siempre nos cayó bastante mejor Mr. Hyde.

Y mientras el grupo Mr. Hyde siga saliendo a tocar, el rock and roll nunca morirá en Guadalajara.

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