Del debate al fanatismo
viernes 31 de julio de 2026, 12:43h
La política ha dejado de ser, en demasiados casos, el arte de convencer para convertirse en el arte de incendiar. Hubo un tiempo en el que un dirigente se ganaba el respeto por la solidez de sus argumentos, por su capacidad para debatir y por su disposición a aceptar que el adversario también tenía legitimidad democrática. Hoy parece que eso importa cada vez menos.
Lo que gana espacio es el grito, la descalificación y la construcción de un enemigo permanente. Y en esa deriva, la derecha y, sobre todo, la extrema derecha han encontrado una fórmula extraordinariamente eficaz: sustituir el razonamiento por la agitación emocional. No se trata de explicar políticas públicas, sino de alimentar la indignación, señalar culpables y convertir cualquier discrepancia en una batalla existencial.
El resultado es un clima donde la política deja de ser un intercambio de ideas para convertirse en un acto de fe. Los hechos pasan a un segundo plano. Las contradicciones se justifican. Los errores se niegan. Lo único importante es mantener intacta la identidad del grupo y la obediencia al líder. Eso no fortalece la democracia; la empobrece.
La palabra, que debería servir para persuadir, se utiliza ahora para dividir. Se desacredita a científicos, profesores, … o a cualquier institución que cuestione el relato. Se difunde la sospecha permanente y se presenta al adversario político no como alguien con quien se discrepa, sino como alguien que debe ser derrotado a cualquier precio.
Lo preocupante es que esta estrategia no busca ciudadanos mejor informados. Busca seguidores. Busca seguidores. Personas que reaccionen antes de pensar, que compartan consignas antes de comprobar los hechos y que se dejen seducir por quienes se autoproclaman patriotas de pacotilla, convencidos de que solo ellos representan a la nación y de que quien discrepa merece ser señalado o despreciado. Ese es el terreno donde florece el fanatismo.
La democracia, sin embargo, exige exactamente lo contrario. Exige ciudadanos críticos, capaces de escuchar razones y de cambiar de opinión cuando los argumentos lo justifican. Exige dirigentes que respeten las instituciones y acepten que la pluralidad no es una amenaza, sino la esencia misma de una sociedad libre.
Cuando una parte de la política renuncia a convencer porque le resulta más rentable enfurecer, todos salimos perdiendo. Porque el fanatismo puede dar réditos electorales a corto plazo, pero siempre termina erosionando la convivencia, debilitando las instituciones y degradando el debate público.
Quizá algunos piensen que esta deriva no tendrá consecuencias, que forma parte del juego político y que la democracia siempre encontrará la manera de corregirse. Pero la historia enseña otra cosa. Las democracias rara vez desaparecen de un día para otro; se deterioran lentamente, cada vez que el insulto sustituye al argumento, cada vez que el adversario se convierte en enemigo y cada vez que la mentira pesa más que la verdad.
Y cuando queramos reaccionar, puede que sea demasiado tarde. Entonces nos preguntaremos cómo permitimos que el debate fuera reemplazado por el fanatismo, que la razón cediera ante la propaganda y que el respeto dejara de ser una virtud para convertirse en una debilidad. Ese día lamentaremos no haber defendido antes el valor de la palabra, porque comprenderemos que una democracia no se pierde de golpe: se va deshaciendo, poco a poco, cada vez que dejamos de convencer para empezar a odiar.
María José Pérez Salazar
Grupo municipal de IU en el ayuntamiento de Azuqueca