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El Silencio y la Política de los Sapos
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El Silencio y la Política de los Sapos

jueves 30 de abril de 2026, 13:45h
Mañana arranca oficialmente la campaña electoral para las elecciones al Parlamento de Andalucía del 17 de mayo de 2026. Tras el anuncio de adelanto electoral realizado por Juanma Moreno el pasado marzo, la comunidad se prepara para quince días de intensa actividad política en los que se decidirá el rumbo de la legislatura 2026-2030.

Andalucía siempre ha presumido de un ecosistema político propio, menos tóxico que el de la capital. Sin embargo, esta campaña medirá si esa "paz andaluza" resiste el empuje de las dinámicas nacionales. Las encuestas sitúan actualmente al PP de Juanma Moreno en una posición de clara ventaja, rozando la mayoría absoluta con un 42,3% de los votos en algunos sondeos. Por su parte, el PSOE-A afronta el reto de frenar su tendencia a la baja, con previsiones que lo sitúan en mínimos históricos de entre 26 y 29 escaños.

La campaña no solo se juega en los mítines, sino también en el barro mediático, en el hartazgo a la vieja política y la coherencia de sus figuras. Este sentimiento de desafección hacia la "vieja política" sobrevuela una campaña donde nuevos y viejos rostros intentarán convencer a un electorado que, aunque prefiere la moderación, no es ajeno al espectáculo televisivo y las redes sociales.

Y hablando de Andalucía, de espectáculos, de coherencia, de supervivencia política y de cambios de chaqueta, me viene a la cabeza el rifirrafe entre Risto Mejide y Susana Díaz: ¡ojalá más periodistas y presentadores pusieran en su sitio a vende-ungüentos como Risto ha puesto a Susana Díaz! Entre la coherencia y la supervivencia, la mayoría elige el cargo; al llegar a él prefieren el silencio para no perder el sillón.

En la política moderna, la voz no siempre es el instrumento más valorado; a menudo, lo es el silencio. Existe una máxima no escrita en los pasillos del poder que dicta que, para ascender o simplemente para sobrevivir, hay que aprender a deglutir sapos de dimensiones épicas. Es la dinámica del silencio cómplice, ese pacto de sangre institucional que convierte a personas con principios en piezas mudas de un tablero de ajedrez. Lo vemos a diario; líderes que ayer defendían una línea roja infranqueable hoy la cruzan con una sonrisa ensayada, mientras sus filas aplauden con un entusiasmo que huele a resignación.

¿Qué pasa por la cabeza de un representante cuando tiene que votar algo que, en privado, desprecia? La respuesta suele ser la "disciplina de partido", un eufemismo que disfraza la anulación del criterio propio en favor de la supervivencia del grupo. El problema de "tragar con lo intragable" es que el estómago político termina por atrofiarse. Al principio, el político cede en detalles menores por un supuesto "bien mayor". Sin embargo, esa frontera es movediza. Poco a poco, lo que era inaceptable se vuelve necesario, y lo que era una traición a los ideales se etiqueta como pragmatismo. El resultado es un espectáculo de ventriloquía donde todos dicen lo mismo, no porque lo crean, sino porque el coste de la disidencia es el destierro mediático y profesional.

Este silencio no es gratis; lo pagamos los ciudadanos con la moneda de la desafección. Cuando un votante ve que su representante es incapaz de mantener una sola coherencia frente a las órdenes de arriba, la confianza se quiebra. Se percibe al político no como a un líder con convicciones, sino como a un empleado de una estructura que prioriza su propia conservación sobre el interés general.

Es hora de preguntarnos si queremos partidos que funcionen como ejércitos de obediencia ciega o como espacios de debate real. Mientras la lealtad se siga midiendo por la capacidad de agachar la cabeza y tragar sin masticar, seguiremos teniendo una política de cartón piedra, donde las ideas mueren para que las siglas sobrevivan. Al final, el mayor peligro para una democracia no es el ruido de las voces discordantes, sino el silencio atronador de quienes, sabiendo que algo está mal, deciden que es más seguro callar.

El caso de Susana Díaz es, posiblemente, el ejemplo más gráfico y cercano de cómo la ambición de poder puede transformarse en una supervivencia dócil y bien remunerada. Quien fuera la "faraona" del socialismo andaluz, la misma que prometía "no dormir" hasta echar a Pedro Sánchez por sus pactos con el populismo, hoy se acomoda en un escaño del Senado de España bajo el manto protector del mismo hombre que juró combatir.

Del "No mientas, cariño" pasó a la obediencia debida. Resulta casi cómico recordar aquel debate de primarias donde Díaz señalaba a Sánchez con el dedo, acusándole de dar "bandazos" y de anteponer su interés personal al del país. Aquella Susana que advertía que el problema del PSOE era, precisamente, Sánchez, ha sido sustituida por una senadora que ha preferido "tragar" con la amnistía, los pactos con el independentismo y la degradación institucional con tal de mantener su silla y su sueldo de más de 96.000 euros anuales.

La crítica que le hacemos ahora los españoles no es solo por su cambio de opinión —un deporte nacional en el sanchismo—, sino por la cobardía política. Como senadora por designación autonómica, su labor ha pasado prácticamente inadvertida en los grandes debates que han fracturado a su partido y a su país. Se ha convertido en una colaboradora mediática que, cuando se le pregunta por los abusos del Gobierno, prefiere hablar de "dolor" personal o de lo "duro" que fue aquel Comité Federal de 2016, evitando siempre cualquier crítica real que pueda incomodar a Ferraz. Susana Díaz es el retrato de una capitulación que ha pasado de aspirar a liderar el Estado a ser una figura decorativa que valida con su silencio cada cesión del sanchismo. Al final, parece que Risto Mejide tenía razón en su reciente enfrentamiento televisivo: el miedo a perder el puesto ha sido más fuerte que cualquier convicción socialista.

En política, la coherencia suele ser la primera víctima de la necesidad. Susana Díaz eligió la supervivencia cómoda frente a la integridad política. Hoy, su legado no es el de una líder que defendió la unidad de España, sino el de una dirigente que, tras ser derrotada, decidió que era mejor tragar sapos en silencio que dar la batalla desde fuera del pesebre. El menú está completo, y el postre ha sido su propia dignidad.

A partir de mañana, los candidatos tendrán dos semanas para demostrar si Andalucía sigue siendo esa "pequeña isla" de convivencia o si, finalmente, la política de los "sapos" termina por inundar el Guadalquivir.

Antonio de Miguel
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